Carrie cumple 50 -y mejor que nadie le arruine la fiesta-
A esta altura de la soirée, incluso quien jamás vio Carrie reconoce sus estampitas paganas: una adolescente pecosa de ojos desorbitados empapada en sangre, un baile escolar convertido en matadero...
A esta altura de la soirée, incluso quien jamás vio Carrie reconoce sus estampitas paganas: una adolescente pecosa de ojos desorbitados empapada en sangre, un baile escolar convertido en matadero, una mano que emerge de la tierra. Medio siglo después de su estreno, la película de Brian De Palma conserva una merecida cucarda: la de clásico absoluto del terror fantástico, que abrió nuevas perspectivas en el género.
Vapor en los vestuarios, la cámara que se desliza hasta detenerse en Carrie White (Sissy Spacek) —el objeto de burlas crueles de la escuela— en la ducha. De pronto, sangre chorrea entre sus piernas. La mirada se le desencaja: es el pánico de quien cree que se está muriendo porque nadie le explicó jamás qué era la regla. Gritos de escarnio, tampones arrojados como proyectiles, carcajadas rebotando contra los azulejos: la mofa colectiva de sus compañeras. Abochornada y muy herida, Carrie vuelve a casa.
Pero en esta fábula escalofriante sobre los tormentos de la adolescencia —miedo paralizante al sexo, humillaciones reiteradas, fantasías de venganza— la situación es todavía más nefasta con su madre. La desquiciada Margaret (Piper Laurie, otrora estrella juvenil) está convencida de que la menstruación de su hija es una maldición del demonio. “Después vienen los muchachos, como perros olisqueando, sonriendo y babeando”, dicta esta fundamentalista desaforada, ferozmente represiva, cuyo desenlace tendrá cierto parecido al del San Sebastián al que tanto le reza.
Había que animarse en 1976 a poner en evidencia esa sangre referida a un tabú de larguísima data al que, antes, religiones y supersticiones le endilgaban consecuencias destructivas (desde arruinar cosechas hasta liquidar crías de animales). En el caso de Carrie, ese tardío y traumático pasaje de niña a mujer despierta, además, sus poderes paranormales: una bruja bastante más temible que la coqueta Isabella Rossellini de La muerte le sienta bien (1992) o que las hechiceras caricaturescas de Las brujas (1990), adaptación de Roald Dahl encabezada por Anjelica Huston.
Así avanza, desplegando su telequinesis, la película estrenada en 1976, basada —con unas cuantas licencias— en la primera novela de un joven prometedor llamado Stephen King. Y protagonizada por una Spacek apenas descubierta unos años antes gracias a Malas tierras (1973), el único noir de Terrence Malick. El resultado: una pieza maestra que mantiene su lozanía y efectividad al cabo de un medio siglo marcado a fuego por esa chica rara, muy rara.
Porque, entre otros legados, este film dejó imágenes que han sido citadas o copiadas incesantemente. Desde Evil Dead y Kill Bill hasta Buffy la cazavampiros y esa máquina de reciclar llamada Stranger Things han recurrido a la célebre mano que emerge de la tumba, conmocionando al público en el doble final de Carrie. De Palma, por su lado, admitió haberse inspirado en Deliverance (1972), de John Boorman, pero suele ocurrir con ciertos hallazgos del cine que, una vez apropiados con genio, cambian de dueño. Ese recurso ya tiene el sello de Brian, aunque literalmente la mano sea la de la propia Sissy que, pese a sufrir claustrofobia, insistió en no usar una doble para la escena.
No era su primer gesto de total entrega al personaje: durante el casting se embadurnó el pelo con vaselina, rescató un viejo vestido de la primaria y evitó —además— lavarse la cara durante el transcurso de la prueba. “Sentía mucha lástima por mí misma, lo cual era perfecto para el rol”, recordaría tiempo más tarde, para el libro La década de De Palma, de Laurent Bouzereau, quien pese a ser pareja del director de arte Jack Fisk y haber pintado ella decorados para El fantasma del paraíso (1974), no estaba en órbita para el protagónico (probablemente por excederlo en edad, unos diez). Hasta la audición, por supuesto.
Rara distinciónMagnética como adolescente acoquinada, Spacek fue nominada al Oscar junto con Piper Laurie —rescatada de un exilio voluntario de 15 años, harta de Hollywood—; una como mejor actriz protagónica, la otra de reparto. Rara distinción para un film de terror fantástico, género que la Academia solía mirar como menor, muy por encima del hombro.
“El elenco fue simplemente un sueño”, destacaría De Palma años más tarde: “Estaban comprometidos y dispuestos a probarlo todo. No le temían a nada”. Desde luego, no a la hemoglobina en el caso de Sissy que, en aras de consistencia, descansaba entre tomas manchada del jarabe con colorante que hizo las veces de sangre. Sin duda, otra imagen indeleble: Carrie chorreando sangre de cerdo, una afrenta que desatará su furia y, por tanto, las llamas del averno, pagando caro sus verdugos —y satélites—.
La secuencia del baile está considerada entre las grandes cumbres de De Palma, y eso que hablamos del hombre que filmó a Tony Montana emergiendo de una nube de humo con lanzagranadas en mano en Scarface (1983), a Ethan Hunt suspendido de un cable en Misión: imposible (1996), al recordado cochecito cayendo por las escaleras en Los intocables (1987). Contaba con todos los ingredientes: suspenso hitchcockiano, cámara lenta, partitura inolvidable del veneciano Pino Donaggio tensando el ambiente, sucesión de primeros planos y, finalmente, el golpe seco del sonido devolviéndonos al caos. Perfecta sucesión de imágenes con larga descendencia, como advierte la revista francesa Les Inrocks sobre el glorioso momento en que la virgen agraviada alcanza la plenitud de sus poderes brujeriles, “más tarde subvertido por Julia Ducournau en Crudo (2017), aludido por Tarantino en Los 8 más odiados (2015); aunque quizá haya sido Rihanna —en su videoclip de "Bitch Better Have My Money"— quien mejor se valió de la referencia”.
Más allá de la iconografía, de las posteriores teens despreciadas con potencial apocalíptico y de los proms convertidos en zona de desastre, De Palma hizo escuela, anticipándose inclusive a esa conversación hoy omnipresente sobre las secuelas del bullying, el escarnio público y la crueldad en manada.
Llamas y sangreSegún se anunció, este año la franquicia Carrie sumará otro mojón a su historia; esta vez vía Amazon Prime Video y en formato miniserie. Serán ocho episodios timoneados por Mike Flanagan (el hombre detrás de la muy vista La maldición de Hill House), que llevan a la inexorable pregunta: ¿Hay necesidad? Flanagan, que ya frecuentó a Stephen King con sus adaptaciones de El juego de Gerald (2017), Doctor Sueño (2019) y La vida de Chuck (2024), avisó que no pretendía “volver a contar la historia tal como fue contada” ni montar “un programa sobre telequinesis”. Su interés pasa por “hacer una reinvención audaz y oportuna”, en clave contemporánea.
En cuanto a King, ya ha visto pasar una muy larga procesión de adaptaciones de sus obras. Nunca ocultó su desdén por El resplandor (1980) de Kubrick; tampoco su decepción con la desvaída Firestarter (La niña del fuego en estos pagos, 1984, que Dino De Laurentiis terminó confiando a Mark L. Lester tras descartar a John Carpenter. Este último tuvo revancha a la brevedad al llevar a la maravillosa Christine a pantalla grande: la historia de ese Plymouth Fury asesino, la mar de celoso de su dueño, poco menos que una novia psicótica traicionada). Pero también ha sabido bendecir, por ejemplo, a Cuenta conmigo (1986) y Misery (1990), ambas dirigidas por Rob Reiner.
Naturalmente, la Carrie de De Palma juega en esta liga: “Brillante y mucho mejor que el libro”, según declaraciones del propio escritor, que publicó esta novela en el 1974. Su primogénita, dicho sea de paso, no avanza linealmente, sino como una reconstrucción fragmentaria de una catástrofe, con testimonios, recortes periodísticos, pseudoartículos científicos, memorias de sobrevivientes.
“Carrie, apodo de Carietta, una variante poco común de Caretta, derivada a su vez de caritas: benevolencia afectuosa o compasiva, acaso la virtud más importante de la tríada cristiana fe, esperanza y caridad, de la clase que brilla por su ausencia en la mayoría de los vecinos de Chamberlain”, rememoraba Margaret Atwood al revisitar el libro, destacando asimismo la compleja arquitectura coral de la pieza, una apuesta formal sofisticada, aunque no del todo innovadora, para un debutante.
En el libro Monsters in the Archives: My Year of Fear with Stephen King, la académica Caroline Bicks —que pasó un año entre los archivos personales del maestro del terror— revela que King escribía con márgenes tan apretados como sus finanzas, y que Carrie casi descarrila: en los primeros borradores mutaba a criatura-lagarto, con cráneo alargado y cuernitos. Por suerte, el autor pegó el volantazo. Era entonces un joven profesor de inglés —sin un centavo, vivía en una casa rodante y alternaba el aula con turnos extra en una lavandería— que había empezado la historia cual relato breve para una revista masculina. Convencido de que aquello no iba a ninguna parte, tiró las páginas a la basura. Pero Tabitha, su esposa, las rescató y le pidió que siguiera, enganchada con la trama.
El resto es la típica historia de triunfo editorial, bestseller que el cine y la TV han exprimido con entusiasmo. Porque, tras el suceso de la película de De Palma, en 1999 llegó La ira: Carrie 2, de Katt Shea, una secuela bastante pobre sobre la hermanastra de nuestra heroína. Más tarde, en 2002, un telefilm que se pretendía piloto de serie pero no voló lo suficientemente alto —con Angela Bettis como la desdichada adolescente y Patricia Clarkson de madre terrible—. Y en 2013 la remake de Kimberly Peirce (entre sus credenciales, Boys Don’t Cry), que actualizó el bullying a la era de los celulares y logró que el diario Le Monde le augurara al film un destino más temible que las llamas del infierno: el de quedar sumergido en un océano de burlas.
Incluso hubo una adaptación teatral de 1988 —musical, nada menos—, que fue uno de los grandes naufragios de Broadway. Sobre el papel, parecía blindada: dirección de Terry Hands (de la Royal Shakespeare Company), libreto de Lawrence D. Cohen (el mismo guionista del film de De Palma), coreografías de Debbie Allen (estrella de Fame), un presupuesto exorbitante. En escena, fue otro asunto. La telequinesis —detalle nada accesorio— resultaba incomprensible para el público; el clímax empapaba a la protagonista con una sangre falsa que algunos críticos compararon con helado de frutilla; una de las coprotagonistas abandonó tras un accidente con una pieza del decorado que estuvo a punto de decapitarla. Y mejor no hablar de las canciones; entre las cuales, un tema sobre sacrificar un cerdito. Tras un alud de reseñas negativas, la puesta bajó el telón en menos de lo que Carrie prendía un fósforo. Aún así, Carrie: El musical volvió a montarse décadas más tarde, apenas superando su leyenda maldita.
El cine según Brian De PalmaAmén de Carrie, la atribulada Sue (Amy Irving), el galán de melena leonina Tommy (William Katt), la ponzoñosa Chris (Nancy Allen), cabecilla del hostigamiento, y el zaino Billy Nolan (un jovencísimo John Travolta) concurren a Bates High School, una de las tantas reverencias del film a Hitchcock, el gran maestro de De Palma. El propio realizador de Carrie lo reconoce en el documental De Palma —2015, de Jake Paltrow y Noah Baumbach—, cuando mirando a cámara recuerda haber visto a los 18, en 1958, en el Radio City Music Hall de Manhattan, una función de Vértigo que marcaría para siempre su futuro.
“Hitchcock es el maestro de la gramática cinematográfica, y si te interesa la forma —como a mí—, ¿a quién más puedes arrimarte, sino a él? Estos préstamos son simplemente una forma de recopilar vocabulario para luego escribir mis propias frases”, expone De Palma, que define a Vértigo como “cine en estado puro”. Un elogio que le calzaría a su propia filmografía. Suspenso, sí: ahí están el ama de casa sexualmente insatisfecha, el psiquiatra ambiguo y la navaja homicida de Vestida para matar (1980); el sonidista de películas serie B que registra accidentalmente un asesinato político en Blow Out (1981); el actor claustrofóbico que espía a una vecina en Doble de cuerpo (1984); el magnicidio filmado desde todos los ángulos posibles en Ojos de serpiente (1998); el juego de seducción, joyas robadas y suplantación de identidad de Femme Fatale (2002).
Thrillers febriles, voyeuristas, atravesados por conspiraciones, dobles, erotismo, paranoia, sangre y un virtuosismo visual que convirtió a De Palma en mucho más que un simple alumno aplicado de Hitch. Pero también está El fantasma del paraíso, ópera glam rock satánica que reescribe El fantasma de la ópera para crear una extraordinaria pesadilla pop. O sus películas cuasi mafiosas, desde el cocainómano Tony Montana abriéndose paso a los tiros en Scarface hasta el melancólico exconvicto de Carlito’s Way (1993) intentando escapar, inútilmente, de su propio prontuario. O bien, sus films bélicos: la atrocidad moral que denuncia Pecados de guerra (1989), basada en una violación grupal histórica cometida por soldados estadounidenses en Vietnam, o Samarra (2007), descenso al horror de Irak.
Una lista no exhaustiva, en fin, de un artista con un currículum deslumbrante (en la que puede incluirse la novela ¿Son necesarias las serpientes?, 2018, escrita a cuatro manos con su esposa, Susan Lehman, exeditora del New York Times). Autor del único film que merece llamarse Carrie, una obra que este año enciende las 50 velitas (y que puede volver a verse en la plataforma Mubi, que en estas semanas realiza una interesante retrospectiva con otros varios films del realizador). Las felicitaciones están a la orden del día, no sea cosa que despertemos la furia de la chica —quizá la más destructiva de la historia del cine— y la bruja que lleva adentro haga de las suyas…