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El museo donde Wimbledon guarda su tesoro: las zapatillas de Nadal, el saco de Federer y 15.000 libros sobre el tenis de todas las épocas

LONDRES, enviado especial.- En Wimbledon, la historia no está únicamente en el Ryegrass Perenne puro verde que tapiza la superficie de cada court. También brilla detrás de un vidrio, se lee en ...

LONDRES, enviado especial.- En Wimbledon, la historia no está únicamente en el Ryegrass Perenne puro verde que tapiza la superficie de cada court. También brilla detrás de un vidrio, se lee en un cartel antiguo, se adivina en una raqueta de madera, se escucha en una biblioteca silenciosa y se refleja en el dorado perfecto de los trofeos, la copa para los hombres y el plato para las mujeres. Dentro del All England Club, a pocos pasos de la entrada 4 del predio que da sobre la Church Road, el Wimbledon Lawn Tennis Museum funciona como una cápsula de tiempo: un espacio moderno, interactivo y sorprendente, pero sostenido por una idea muy simple. Todo lo que ocurre hoy en el tercer Grand Slam de la temporada empezó mucho antes.

El museo cuenta la historia desde el principio, cuando el lawn tennis todavía era una novedad sobre el césped del All England Club. En una de las salas se recuerda que el primer campeonato se jugó en 1877, sobre las canchas de croquet del club. Spencer Gore, el primer campeón, venció a William Marshall en sets corridos ante unos 200 espectadores que pagaron un chelín para ver la final en una tarde lluviosa. Es una escena mínima comparada con el espectáculo global actual, pero el museo la reconstruye como origen de todo: un torneo pequeño, casi doméstico, que terminaría convirtiéndose en una de las marcas más reconocibles del deporte mundial.

El recorrido avanza entre vitrinas circulares, pantallas, documentos, carteles antiguos, uniformes, fotografías y objetos de época. Hay raquetas de madera que parecen pertenecer a otro deporte, pelotas antiguas, gorros, programas, certificados, libros de registro y recreaciones de vestuarios de otros tiempos. Una instalación muestra el taller de los fabricantes de raquetas, con herramientas, virutas de madera y moldes que recuerdan un oficio artesanal. Otra reconstruye un vestuario de época, con bancos de madera, ropa colgada, zapatillas blancas, toallas y raquetas apoyadas como si sus dueños acabaran de salir a jugar.

En una de las salas se recuerda que el primer campeonato se jugó en 1877, sobre las canchas de croquet del club. Spencer Gore, el primer campeón, venció a William Marshall en sets corridos ante unos 200 espectadores que pagaron un chelín para ver la final en una tarde lluviosa.

Esa es una de las virtudes del museo: no se limita a exhibir piezas; reconstruye escenas que quedan grabadas en la memoria de los visitantes, que pueden imaginar cómo era prepararse para competir hace un siglo, cómo se fabricaban las raquetas, cómo cambió la vestimenta y cómo el tenis pasó de una práctica social de élite a un deporte profesional de alcance global. La evolución tecnológica aparece en una enorme rueda de raquetas que reúne modelos de distintas épocas: madera, metal, grafito, cerámica, diseños pesados, marcos livianos, encordados antiguos, mangos gastados.

Las galerías interactivas reúnen piezas originales de Wimbledon, ropa y equipamiento donados por grandes estrellas del tenis: el diario de Arthur Ashe, el banco que usó Roger Federer en el vestuario masculino y materiales vinculados con Martina Navratilova. Además, raquetas del sueco Björn Borg, John McEnroe y Billie Jean King; zapatillas de Rafael Nadal; y el saco del suizo, el hombre récord del torneo (veremos si Novak Djokovic es capaz de igualar ese número de ocho títulos), símbolo de la elegancia que mejor representa el aire que se respira en la Catedral. Cada pieza funciona como una contraseña emocional para distintas generaciones. Para algunos, Borg y McEnroe son la rivalidad que llevó el torneo a otra dimensión. Para otros, Billie Jean King es la revolución. Para los más jóvenes, Nadal y Federer son recuerdos todavía cercanos de una era irrepetible. Y también, por qué no, la Next Gen representada por Carlos Alcaraz y Jannik Sinner tiene su espacio reservado.

La experiencia no es estática. En el museo se pueden tocar tejidos que evocan la moda tenística de la época victoriana y eduardiana, probar reflejos en el Batak wall y seguir la evolución del torneo desde 1877.

La evolución tecnológica aparece en una enorme rueda de raquetas que reúne modelos de distintas épocas: madera, metal, grafito, cerámica, diseños pesados, marcos livianos, encordados antiguos, mangos gastados

Hay espacios para seguir trayectorias, entender golpes, comparar estilos y jugar con la evolución de la técnica. Incluso el visitante puede sacarse fotos con el fondo de la sala de conferencias de prensa del torneo. En una de las paredes, una frase de Billie Jean King resume algo de esa tensión tan característica de este deporte: “El tenis es la combinación perfecta de acción violenta en una atmósfera de tranquilidad”.

El recorrido tiene otro tesoro menos visible, pero decisivo: la Kenneth Ritchie Wimbledon Library, una biblioteca especializada en tenis que cuenta con más de 15.000 libros. Está dentro del museo, abierta como un refugio para investigadores, curiosos y amantes de la historia del juego. Allí, entre estantes y archivos, Wimbledon guarda su memoria, que es la memoria de un deporte apasionante.

Por eso el museo impacta. No sólo por el valor de lo que exhibe, sino por la manera en que ordena una tradición que a veces parece demasiado grande para caber en una sala. En Wimbledon, cada objeto tiene una historia. Una raqueta de Borg, la indumentaria de McEnroe, una huella de Billie Jean King, las zapatillas de Nadal, el saco de Federer o un cartel de 1877: todo convive en un mismo relato.

La última gran escala de la visita son dos objetos soñados por todo tenista profesional: los trofeos. La copa masculina, de un dorado inmaculado, encerrada en su vitrina, impone una presencia casi ceremonial. El cartel recuerda que fue comprada por el club por 100 guineas y presentada por primera vez en 1887. Desde entonces, lleva grabados los nombres de los campeones de Wimbledon. A pocos metros aparece el plato femenino, con su relieve trabajado como una obra de orfebrería. Son objetos deportivos, claro, pero también reliquias. Frente a ellos, los visitantes bajan la voz, capturan el momento con sus celulares y se quedan unos segundos admirados por el brillo de esos objetos.

El museo también forma parte de una propuesta más amplia de visitas dentro del All England Club, fuera de las semanas de competencia. Bajo el programa Museum & Tours, Wimbledon ofrece la posibilidad de acceder a un tour del detrás de escena del predio. La visita guiada, premiada y conducida por guías especializados, permite conocer espacios que utilizan los mejores jugadores del mundo y las áreas destinadas a los medios, además de descubrir cómo se cuida el césped más famoso del tenis y de qué manera el club fue cambiando y ampliándose con los años. El museo y la tienda oficial abren todos los días: de abril a septiembre, de 10 a 17.30, con último ingreso al museo a las 16.30; y de octubre a marzo, de 10 a 17, con último ingreso a las 16. Las entradas combinadas para museo y tour cuestan 32 libras (64.800 pesos) para adultos y 22 (44.500 pesos) para chicos de cinco a 15 años; la visita sólo al museo vale 15 libras (30.000 pesos), 13 (26.000) y 10 (20.000), respectivamente.

Al salir, el ruido del impacto de la pelota en el césped, el esfuerzo de los jugadores para correr en cada punto y el hormiguero del público que invade los courts nos devuelve a la actualidad. Están las filas, los grounds (como llaman los británicos a las canchas), las pizarras con los resultados, las frutillas con crema, los aplausos y la agenda del día en pantallas led. Es Wimbledon, es la tradición, es el tenis de hoy y de siempre.

Los espacios favoritos del museo de Wimbledon

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/tenis/el-museo-donde-wimbledon-guarda-su-tesoro-las-zapatillas-de-nadal-el-saco-de-federer-y-15000-libros-nid05072026/

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