El productor cinematográfico que se enamoró de una zapatilla veneciana terminó convirtiéndose en su guardián más improbable
Tal vez quien escribió el libro más exhaustivo sobre Venecia sea la galesa Jan Morris. Caminante silenciosa e incansable, tenía una certeza: esa ciudad solo se revela a quienes la recorren sin a...
Tal vez quien escribió el libro más exhaustivo sobre Venecia sea la galesa Jan Morris. Caminante silenciosa e incansable, tenía una certeza: esa ciudad solo se revela a quienes la recorren sin apuro. Stuart Parr lo comprobó con sus propios pies. Caminaba 20.000 pasos diarios por sus canales y fue en esos recorridos donde descubrió que sus zapatos, elegantes e inútiles para tanta piedra húmeda y tantos puentes, lo estaban traicionando. La solución llegaría de la mano de una zapatilla de terciopelo nacida en el siglo XIX, hecha por mujeres en sus casas, cosida a mano, con suela de goma reciclada y una historia que merecía ser contada en voz alta.
Parr, productor de 8 Mile, la película de Eminem de 2002, y durante más de una década mánager del diseñador Marc Newson, había visto las friulane por primera vez veinte años antes, en los pies de personas con gusto impecable en Nueva York. “Tenían estilo propio -recuerda-, elegancia real”. La pregunta sobre dónde conseguirlas tenía siempre la misma respuesta: “en Venecia”. Tardó dos décadas y tres años de negociación en llegar a destino.
En 2021, junto a Paul Deneve, ex CEO de Yves Saint Laurent, exvicepresidente de Apple, quien también había manejado Courrèges, Nina Ricci y Lanvin, adquirió Piedàterre, la marca histórica fundada en 1952 que durante cuarenta años vendió sus zapatillas desde un carrito sobre el Ponte di Rialto. La dupla abrió un flagship en Campo Santo Stefano: telas de terciopelo en los paneles, estantes del suelo de terrazzo hasta el techo de madera original, cargados de slippers en cada tonalidad imaginable: esmeralda, mandarina, limón de Capri, violeta, berenjena, índigo.
“Me mudé a Venecia full time cuando compramos la marca -cuenta Parr-. Lo que nadie te cuenta es lo que pasa cuando la ciudad se vacía de turistas y empezás a conocer a las familias venecianas de verdad, a cenar con ellos, a entender cómo viven. Eso cambió todo. Ya no estábamos comprando una marca, estábamos entrando a formar parte de algo mucho más antiguo”.
Para él, ese arraigo no es anécdota sino una condición. “Una marca como esta no puede manejarse desde una oficina en Londres o en Nueva York. Tiene que vivirse desde adentro, con los mismos adoquines bajo los pies”.
Piedàterre reunía todo lo que le interesa: “un producto sin competencia real -explica-, una historia de origen que resistía cualquier escrutinio, una clientela fiel construida sin un solo peso en publicidad, y una ciudad, Venecia, que funciona ella misma como escenografía perfecta para cualquier objeto que aspire a la eternidad”.
La pandemia fue el catalizador. Parr ya llevaba años mirando la marca cuando el Covid vació Venecia de turistas y la llenó de silencio. Fue entonces que la magia de Piedàterre se le reveló en estado puro. “Vi personas llegando al local guiadas por FaceTime, conducidas por amigos que les indicaban cómo encontrarlo porque el local estaba medio escondido -cuenta-. Mientras el resto de las tiendas estaban vacías, acá había gente haciendo fila. Me pregunté qué traía a esas personas hasta ahí, en ese momento”. La respuesta era simple y extraordinaria a la vez: el producto.
“Piedàterre existe porque existe la escasez”, argumenta. Después de la Tercera Guerra de Independencia italiana, las familias del Friuli combinaron cortinas de terciopelo de teatros cerrados y neumáticos de bicicleta reciclados para crear un calzado elegante, práctico y antideslizante, perfecto para las calles de adoquines, las escaleras de piedra y las cubiertas húmedas de los botes venecianos. Una historia con paralelos precisos a los que Parr señala sin dudar: “es como el bambú de Gucci. Grandes ideas nacen de las limitaciones materiales”.
La aguja entre los dedosLa primera decisión de Parr al tomar las riendas fue volver a los orígenes del proceso productivo del siglo XIX. Cada hilo, terciopelo, ribete de seda, plantilla de algodón comprimida en la suela: todo fabricado en Italia, “no el 99,9 por ciento”, subraya Parr. Contrataron al expresidente de la escuela de zapateros del Veneto para asesorarlos, y convocaron al artesano con quien Deneve había trabajado en YSL, “el hombre que hizo todos los zapatos de Saint Laurent durante 20 años”, para rehacer todas las hormas de Piedàterre. Rubelli y Fortuny les proveyeron textiles; hoy su proveedor crea colores exclusivos para la marca y guarda stock para que los clientes puedan repetir su tono favorito en distintos modelos.
“El terciopelo tiene una memoria que otros materiales no -comenta Parr-. Se amolda, envejece bien, cuenta el tiempo sin deteriorarse. Por eso Rubelli y Fortuny, que llevan siglos trabajándolo, entienden exactamente lo que necesitamos. Con ellos no hay que explicar nada”.
Para Parr, la paleta de colores es tan parte del diseño como la forma. “Un color mal elegido arruina todo. Nosotros creamos los nuestros con el proveedor, los guardamos, los repetimos cuando el cliente los pide. Eso es lujo real: que tu color favorito te espere. Pero lo que no tocamos fue el proceso -destaca-. Dos veces por semana llevamos las piezas a los hogares de las mujeres que las cosen a mano, y después las retiramos. Igual que siempre”. Para él, esa continuidad no es nostalgia sino principio. “Cuando decís que algo está hecho con amor, puede sonar a marketing. Acá es literal. Son personas que se preocupan por cada puntada. Eso no se fabrica en una planta industrial y no se reproduce con un algoritmo”.
La otra decisión fue más íntima. Después de tres días de caminar con las zapatillas originales por las piedras de París y Venecia, Parr se dio cuenta de que le dolían las piernas. “Amaba los zapatos, pero necesitaba usarlos de la manera en que vivo”, explica. Dieciocho meses de trabajo y consultas con los mejores especialistas en calzado del mundo derivaron en una plantilla interior completamente rediseñada, sin tocar en nada la apariencia exterior. El resultado: 20.000 pasos diarios con la misma zapatilla, sin renunciar a la elegancia ni al confort. “Eso es lo que me encanta -añade Parr-. Que no solo pudimos hacerlo, sino que nos tomamos el tiempo”.
La boutique en Campo Santo Stefano opera como un Ladurée de terciopelo. Los clientes, muchos de ellos venecianos de toda la vida o visitantes que regresan año tras año, se sientan durante 45 minutos o más a probar colores. Los hombres que acompañando a sus mujeres, terminan testeando también los suyos. Parr incorporó este año los Mary Janes para hombres “miren a Goya, que los hombres del siglo XVIII sabían cómo vestirse”, les dice a los escépticos. Y los convenció invitando al jefe de policía de Venecia, uno noventa de altura, a elegir el par que quisiera. Lo hizo. “El boca a boca sigue siendo el único motor de ventas: sin publicidad, sin campañas, sin influencers -reafirma-. Solo el producto y las personas que lo usan”.
La pregunta sobre la autoría en tiempos de reproducción masiva los encuentra serenos. “En los 90, marcas como Gucci o Prada facturaban 200 millones de dólares, trabajaban a otra escala -analiza-. Lo que me atrajo de la moda fue la belleza y la creatividad de las personas que la hacían. La pasión por el cliente y por el producto”.
Cinco modelos, materiales nobles, colores que van del lino al satén según la estación. Sin expansión apresurada, sin los cien locales que podrían abrir mañana si quisieran. “Creceremos lento y orgánico” prometió Parr a la familia que le vendió la marca. Y lo cumple. “Podríamos abrir cien locales -explica-. La demanda está. Pero di mi palabra”. La colaboración con el Hotel du Cap-Eden-Roc, con Le Bristol en París, la pop-up en Forte dei Marmi: cada movimiento medido, cada nuevo contexto elegido por afinidad. “Esto es una marca artesanal, no una franquicia -recalca-. El día que lo olvidemos, perdemos todo lo que la hace única”.
Jan Morris también decía que Venecia es la única ciudad que le hace justicia al concepto de la eternidad. Stuart Parr encontró en sus calles algo más concreto: una zapatilla de terciopelo que lleva 70 años cosida aguja en mano, que sobrevivió guerras, turismo masivo y modas pasajeras, y que sigue siendo el calzado más buscado de la ciudad más fotografiada del mundo. Perderse en Venecia, como él, puede conducir exactamente al lugar correcto.