El sable de San Martín
Ante informaciones que aseguran que el Gobierno ha decidido trasladar el sable corvo del general José de San Martín desde el Museo Histórico Nacional a los cuarteles del Regimiento de Granaderos...
Ante informaciones que aseguran que el Gobierno ha decidido trasladar el sable corvo del general José de San Martín desde el Museo Histórico Nacional a los cuarteles del Regimiento de Granaderos a Caballo, el 10 de junio último opinábamos desde estas columnas que no existe razón valedera para modificar el lugar de custodia de la reliquia.
El sable corvo fue adquirido por San Martín en un pequeño comercio de Londres poco antes de embarcarse hacia Buenos Aires para ofrecer sus servicios en pos de la causa de la independencia americana. Su hoja está confeccionada con acero damasquinado, material resistente con buena capacidad de corte e ideal para la caballería ligera. La empuñadura, de madera de ébano, hace del sable una pieza elegante y a la vez robusta. Su vaina está confeccionada con cuero y bronce.
San Martín llegó a Buenos Aires con este sable que, luego de acompañarlo en sus campañas militares, volvió con él a Europa. Como jefe de Granaderos y comandante del Ejército de los Andes, no ha quedado registro de si utilizó este u otro sable en los combates de San Lorenzo y de Chacabuco; sí se han detectado rastros de sangre en los análisis realizados al arma.
El sable había quedado en su propiedad de Mendoza cuando regresó a Buenos Aires para emprender el viaje a Europa. Una vez instalado en Bruselas ordenó que se lo enviaran.
Legado en su testamento al entonces gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, al fallecer este dispuso que lo recibiera su consuegro Nepomuceno Terrero y luego quedó en poder de Manuelita Rosas y de su esposo Máximo Terrero.
En 1896, luego de las gestiones de Adolfo P. Carranza, fundador del Museo Histórico Nacional, la hija y el yerno de Rosas resolvieron donar el sable a esa entidad. El sable estuvo así en la sede del museo desde 1897.
El respeto a los derechos y libertades de los ciudadanos, entre ellos los derechos de propiedad, incluidos el cumplimiento de los contratos cesiones, legados y donaciones, son la base de la seguridad jurídica
El Museo había sido creado como Museo de Historia de la Capital por quien fue capitán del Ejército Argentino en la Guerra del Paraguay y empresario antes de ser designado cuarto intendente de la Ciudad de Buenos Aires, Francisco Seeber, en mayo de 1889. Dos años después, en 1891, el presidente Carlos Pellegrini decide nacionalizar el Museo. En 1894, el intendente Federico Pinedo adquiere la quinta de Gregorio Lezama para destinarla a parque público y, al año siguiente, el presidente de la Nación, José Evaristo Uriburu, decide que la mansión pase a ser sede del Museo Histórico Nacional.
En dos oportunidades, el sable de San Martín fue sustraído por militantes de la denominada Resistencia Peronista. Luego de su última recuperación, el gobierno de Juan Carlos Onganía dispuso que su custodia quedara a cargo del Regimiento de Granaderos a Caballo. Durante el gobierno de Cristina Kirchner volvió a su sede natural en el Museo Histórico Nacional.
La seguridad jurídica se basa en el respeto a los derechos y libertades de los ciudadanos, en particular a los derechos de propiedad, incluidos el cumplimiento de los contratos, de las cesiones, legados, donaciones. Por expresa voluntad del general San Martín, el sable pasó a ser propiedad de la familia Rosas Terrero que fue la que lo donó al Museo Histórico Nacional.
Dijo San Martín sobre sus queridos granaderos: “De lo que mis granaderos son capaces, solo lo sé yo. Quien los iguale habrá; quien los exceda, no”. Con todo el respeto y afecto que el pueblo argentino tiene por el regimiento de Granaderos a Caballo, creado y entrenado por San Martín como su primer jefe, no puede ignorarse la voluntad de la familia depositaria de esta reliquia por expresa voluntad de su dueño.
El sable no ha podido escapar al uso faccioso de la historia por parte de sectores que no tienen la amplitud de miras necesaria para entender a un hombre que siempre quiso evitar las divisiones y enfrentamientos que tanto han envenenado al país desde sus inicios como nación independiente. Su figura, como afirmara el expresidente Bartolomé Mitre, reviste alcances continentales, no es solo nuestra, y por eso no puede quedar atada a las necesidades de los gobernantes de turno o a las querellas de los gobiernos con sus opositores. Poco han leído sobre San Martín y lo que el prócer escribió muchos de los que quieren relacionarlo con determinadas corrientes ideológicas o partidistas. No debe incurrir en el mismo error el Presidente que, desde que asumió, no es sólo el líder de un grupo político sino también el jefe de Estado y jefe del Estado de todos los argentinos.
Un mandato democráticamente asumido siempre será temporario por lo que no corresponde que ningún gobernante pretenda disponer de símbolos que son ancla fundante de nuestra Nación. Son precisamente estos símbolos los que nos deben vincular por encima de las disputas partidarias en torno al manejo de la cosa pública en tanto constituyen activos intangibles que hacen a la grandeza de una nación como la que habitamos, difusora de las ideas de la libertad y la igualdad que San Martín activamente promovió.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/el-sable-de-san-martin-nid03022026/