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García Lorca con perfume de mar

Esta semana, a raíz de la efeméride redonda marcada por los 90 años de su muerte por fusilamiento, ...

Esta semana, a raíz de la efeméride redonda marcada por los 90 años de su muerte por fusilamiento, la figura de Federico García Lorca volvió a las páginas y las pantallas del mundo.

En Madrid, a modo de homenaje, una escultura del poeta fue llevada en andas por las calles, acompañada por una procesión de más de 200 performers. “Ha vuelto”, voceaban. “Federico ha vuelto”.

La conmovedora escena trajo a mi memoria otro vibrante espectáculo-tributo a la vida y obra del autor granadino, que en junio de 2023 deslumbró en su paso por Buenos Aires. Fue de la mano del actor Juan Diego Botto y su encarnación de García Lorca en Una noche sin luna, que agotó cinco funciones en el Teatro San Martín.

Era miércoles de estreno y la sala Martín Coronado hervía de anticipación, repleta de “gente del medio” (actores, directores, críticos, periodistas), una comunidad siempre gustosa de salir, incluso en una gélida noche de entresemana, para después hablar —o escribir— de ello.

Pero ocurrió que, mientras el auditorio cruzaba saludos y aflojaba las cargas del invierno (desabotonaba abrigos, liberaba bufandas...) para acomodarse, el protagonista apareció sin estridencias sobre el proscenio, con actitud humilde e incómoda, y ante el estupor general soltó un anuncio ominoso: que no habría función, que un fulano en Tarragona había interpuesto una denuncia por considerar el espectáculo como una afrenta —un “baldón oprobioso”, dijo Botto, citando al detractor— y que los abogados en Madrid, el consulado y el fiscal impedían levantar el telón. “Yo quería que hoy, este teatro oliera a mar. Pero aquí hay copias de la demanda, para que vean que no me lo invento”, agregó, blandiendo papeles y caminando entre las butacas, casi uno más de nosotros.

Con mi acompañante, un amigo de esos con los que el tiempo obró lo suyo y solo basta un gesto fugaz para entenderse, hicimos exactamente eso: nos miramos, desencajados. Para entonces el estupor ya era murmullo, que después fue agitación, y el aire era irrespirable hasta que una mujer al fondo se puso de pie y, sin mediar disculpas, interrumpió al consternado protagonista con un iracundo: “Pero, ¿cómo es posible? ¿No se puede representar de todas maneras? Ya estamos acá. ¡Esto es inaudito!”.

Sobrevino el pandemónium. A favor, en contra; de todo: de la espectadora enardecida y de los muchos que la apoyaban, porque a esa altura la sala era un remolino; de los fiscales españoles, del infeliz ese en Tarragona que nos malograba la velada —justo a nosotros, ¡unos pobres espectadores a miles de kilómetros, que no teníamos la culpa de nada!-; de la producción, que no había suspendido la función a tiempo, de las leyes anacrónicas, de los censores… ¡Y encima con ese frío desalmado!

Aún entre la platea ardorosa, el actor —vestido con chaleco, pantalón de tiro alto, zapatos en punta y peinado a la gomina— atinó a gritar: “Yo les explico todo. Pero, por favor, ténganme paciencia”. Y entonces entre la bulla, sin la menor grandilocuencia escénica, apenas con un gesto sutil -una mano que se eleva y vira hacia arriba, abriendo los dedos como pétalos-, ese hombre transmutó deliberadamente, se hizo el silencio y a nadie más allí le quedó duda alguna de que no, no era Juan Diego Botto frente a nuestros ojos, sino que había sido, todo el tiempo, Federico García Lorca, el perseguido poeta, tirando abajo con las mejores armas eso que en teatro se conoce como la cuarta pared.

El telón finalmente se levantó, la obra siguió y, dos horas más tarde, la sala terminó con lágrimas y aplausos, de pie. La función se había vuelto poesía y nosotros, este público argentino consabidamente impetuoso, estos que amamos y detestamos con sangre en las venas, ya no éramos los mismos. Habíamos sido burlados por Lorca. Olíamos, deliciosamente, a mar.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/garcia-lorca-con-perfume-de-mar-nid20082026/

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