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La isla del Mediterráneo que reúne calas preciosas, buena mesa y una historia misteriosa por descubrir

No se ven las estrellas en el puerto de Civitavecchia. Son cerca de las nueve cuando el operario da la indicación de subir al ferry, una nave enorme que navegará toda la noche por el Tirreno hast...

No se ven las estrellas en el puerto de Civitavecchia. Son cerca de las nueve cuando el operario da la indicación de subir al ferry, una nave enorme que navegará toda la noche por el Tirreno hasta Olbia, la ciudad más importante del norte de Cerdeña.

Aunque dicen que es mejor no tener expectativas, llego a este viaje ilusionada. Después de años en movimiento descubrí que me gustan las islas. Será por esa condición esencial y excepcional de ser pequeños universos, de crear endemismos: en el caso de Cerdeña, el ciervo sardo, ciertas especies de aves y el murciélago orejudo. Hay bosques de alcornoques, una gruta de millones de años que se puede visitar y vestigios de piedra de una civilización, la nurágica, que duró desde el 1700 a. C. hasta la época de los romanos. Las islas requieren un movimiento extra dentro del viaje, y llegar en barco es llegar lento, como si el cuerpo necesitara tiempo de prepararse para estar aislado.

Consulté el clima: nubes, sol, agua y viento. Pasará de todo en apenas unos días. Viajar en temporada baja tiene esa inestabilidad, molesta en los días lluviosos, pero también está bendecido por la gracia de casi no cruzarse con turistas. De no hacer filas, de encontrar lugar sin reservar, de fluir.

Me habían hablado del viento. Todavía no conocía la canción “Vento sardo”, de Jorge Drexler y Marisa Monte, inspirada en un viaje en velero por la costa sarda: “Vamos levantar a vela / Abrir a janela / Ventilar a dor / Vamos a nombrar al viento / Celebrar su aliento purificador”.

En el interior del ferry no se siente el viento. El salón principal se parece a un casino, con alfombras mullidas, sillones cómodos y una barra. Hay un partido del Milan que mantiene atentos a varios. En una mesa cercana al bar, dos parejas comparten una botella de Prosecco y, hacia el fondo, varios intentan dormir estirados en los sillones. El ferry tiene capacidad para 3.000 pasajeros, pero seremos unos pocos cientos, entre ellos camioneros que transportan alimentos y mercadería a las ciudades principales.

Cerdeña es la segunda isla más grande del Mediterráneo después de Sicilia, que le gana por poco. De norte a sur tiene 270 kilómetros y, de este a oeste, en el tramo más extenso, unos 150. Si se cuenta el perímetro costero, con sus penínsulas, golfos y bahías, alcanza los 1.800 kilómetros; eso la convierte en un destino de playa, históricamente, para los italianos y, en la última década, para famosos que veranean en la Costa Esmeralda, en el norte. Porto Cervo y Porto Rafael, entre otros hotspots, se convirtieron en lugares exclusivos con residencias privadas y amarras para yates millonarios. Por allí pasan Leonardo DiCaprio, George Clooney, Rihanna, Beyoncé y Bradley Cooper, entre otras celebrities, además de royals europeos como los príncipes de Gales y las familias reales de Mónaco y Dinamarca.

Antes de reclinar las butacas para descansar repaso el plan de viaje. La primera parada es Olbia. Llegaremos antes de las siete de la mañana; me pregunto si habrá algún café abierto a esa hora.

Piedra sobre piedra

Suelo viajar con pistas. A veces es el nombre de un artista o un lugar; otras, un músico, un plato o una fruta. Antes de partir, me hablaron de Los Tenores de Bitti, un grupo folclórico coral de la provincia de Nuoro que entona poesías, cantos populares y sonidos ambientales: un bar de pueblo, el bosque, el interior de una iglesia o una ruina nurágica. ¿Cómo suenan los lugares?

Salimos del ferry pasadas las seis de la mañana con las ventanillas abiertas y la fuerza de la voz de esos cuatro tenores que parecen hablar el idioma de la tierra. Serán parte de este viaje que comparto con un amigo italiano.

Otra pista: por la cineasta Isabel Coixet, que adaptó un cuento para su última película Tres adioses, conocí la obra de Michela Murgia, escritora sarda que murió a los 51 años, en 2023. En varios de sus libros rescata tradiciones y secretos de la isla. En La acabadora cuenta la historia de una mujer misteriosa que acompaña –y hasta practica eutanasia– a las personas que sufren en el tramo final de su vida. Esa figura, la acabadora, todavía existe en el interior más profundo. En Viaje a Cerdeña, Murgia escribe 12 recorridos por la geografía cultural de “la isla que no se ve”. Así la llama y se enfoca en el lado oculto, que se escabulle y aparece, va y viene como las olas y es parte de la identidad.

“Para los sardos la piedra es el principal lugar simbólico de la memoria, ya que son de piedra las señales más evidentes de una historia antiquísima que no ha dejado muchas otras señales visibles”. Para la autora, la asociación mental entre Cerdeña y piedra sólo es superada por la que existe entre Cerdeña y el mar, y ambas comienzan antes de poner un pie en la isla. Recordaré sus palabras en unos días, al mirar de frente las nuraghe de Palmavera, cercanas a Capo Caccia: restos de piedra de forma circular de una cultura que existió únicamente en esta isla y en partes de la vecina Córcega.

Los isleños tienen sensaciones mixtas con el turismo: les choca el exceso de la temporada alta –julio y agosto–, cuando llegan cerca de dos millones de personas, más que la población de la isla. Durante el viaje, veo alguna pintada en aerosol en contra del turismo y pienso en la película La vita va così (La vida funciona así, 2025), de Riccardo Milani, que cuenta la historia de un pastor sardo que vivía con sus vacas a metros de una playa fantástica del sur de la isla. Un día, un grupo inmobiliario compra las tierras circundantes para hacer un resort cinco estrellas. Compra todo menos la casa del pastor, que se niega rotundamente a venderla. No le importan los millones de euros que le ofrecen a lo largo de los años: dice no. Y vuelve a decir no.

No pudieron comprar la tierra del pastor, pero, en el norte, la isla está tapizada de residencias turísticas y hoteles cinco estrellas, la isla vendida.

–Es hermosa la geografía de la Costa Esmeralda, pero no tiene alma. Para conocer la isla hay que entrar en los pueblos, hablar con la gente –dice mi amigo, que ya ha venido otras veces.

En temporada baja, eso sucede sin planificarlo. Da la impresión de que los habitantes vuelven a adueñarse de lo que es suyo, y disfrutan.

Andiamo

Vamos por caminos secundarios que atraviesan pueblos medievales iluminados por el sol y, media hora más tarde, llueve sobre un rebaño de ovejas que corta la ruta, cruza y trepa la colina sembrada de arroz. Paro en un negocio enorme, como un depósito, que vende artesanías sardas. No quiero comprar, sí mirar qué se produce. Me detengo en una tabla que parece de madera, pero es de corcho, liviana y extra suave al tacto. Cerdeña es uno de los grandes productores de corcho del mundo. Se usa para tapón de vinos premium, artesanías y aislación. En la zona montañosa de Berchidda, en la región de la Gallura, en el norte, veo los cultivos de alcornoques, mezclados con encinas. Nos detenemos para apreciar de cerca un tronco cuidadosamente pelado hasta donde comienzan las ramas. Es el procedimiento para extraer el sughero, en italiano, corcho. La primera extracción se realiza recién a los 30 años de plantado. Luego, cada nueve o diez años, con estricto control para que sea una práctica sustentable.

Salvo algunas ciudades más pobladas, la mayor parte de la isla está formada por pueblos de unos cientos o pocos miles –2.000 o 3.000 habitantes–, con personas mayores que se reúnen en el bar frente al ayuntamiento a tomar café o vermut. Las cortinas del bar son cadenas de sughero que se rozan suavemente al correrlas para entrar.

Enseguida, los hombres que están en la única mesa ocupada me cuentan sobre el Time in Jazz, el festival de Berchidda –cada año, en agosto– creado y dirigido por el reconocido trompetista local Paolo Fresu.

Aunque no buscan la independencia, los sardos se sienten distintos. Basta una conversación corta para que se refieran a Italia como “el continente”. Los del continente y nosotros, como si no fueran todos italianos. Son gente orgullosa de la belleza de su tierra, del mar –“es mejor que el Caribe, ya lo verás”, me dijo uno–, del Vermentino y el Cannonau –cepas autóctonas–, de la historia y hasta de sus bandidos: “¿No conocés a Graziano Mesina? Aunque no vayamos a Orgosolo –dijo mi amigo–, te voy a contar su historia porque es un ícono sardo”.

Donatella y Corrado

Fertilia queda cerca de Alghero, en la costa oeste. Después de unas horas de viaje paramos en el Kairos Pub a tomar un cappuccino. Donatella y Corrado están sentados en un banco frente al lungomare. A propósito de nada, quizás del cielo encapotado, entablamos una conversación. Tienen tiempo y bajan de su departamento a mirar y conversar con los vecinos. La familia de Corrado es originaria de Emilia-Romagna y, hace varias décadas, poco antes de la guerra, llegó aquí en busca de trabajo.

A principios del siglo pasado esto era un pantano. En 1936, Mussolini fundó el pueblo con el objetivo de “italianizar la isla”, que en ese momento tenía una fuerte presencia catalana, principalmente en Alghero. Todavía se habla catalán en algunas familias y hay intentos, impulsados desde Cataluña, para que no se pierda.

Corrado trabaja en excavaciones para la bodega Sella & Mosca, una de las más grandes de la isla y de Europa, con vinos premiados de las cepas Vermentino, Cannonau y Carignano. Los suelos arenosos cercanos al mar crean terruños buscados por su mineralidad y su expresión.

–Si te das vuelta, podrás ver la arquitectura fascista en la iglesia, en ese monumento, en los jardines y en el trazado del pueblo. La crearon pensando en una “ciudad ideal” –dice Corrado.

La arquitectura racionalista de Fertilia contrasta con el casco antiguo de Alghero, de calles enredadas y tonos sepia, con restos de muralla y esas torres altas, redondas, construidas en los siglos XVI y XVII, que fueron bastiones defensivos y cárcel y hoy, en cambio, son oficina de turismo, mirador o sala de exhibiciones. En las afueras de la ciudad, a lo largo de la costa, se ven más torres deterioradas, pero todavía enteras, como vigías rendidos a los pies del mar.

En el próximo rato de auto escucho la historia del bandidismo en Cerdeña, concentrado en la zona montañosa de Supramonte, cerca del pueblo de Orgosolo, en el centro-este de la isla. Parece que el peak fue en los 80. Graziano Mesina, conocido como Gratzianeddu, fue uno de los secuestradores sardos que actuaron entre los años 60 y 90 del siglo pasado y se escondían en este pueblo de difícil acceso. Eran temidos y la prensa los bautizó como la Anónima Sarda.

Uno de los secuestros más famosos fue el del compositor y músico Fabrizio De André, que estuvo en cautiverio cuatro meses hasta que se negoció su rescate. Mesina se escapó de cárceles de máxima seguridad más de diez veces: una de ellas, disfrazado de cura; otra, tirándose de un tren en marcha. Murió el año pasado a los 83 años, finalmente preso y condenado por narcotráfico.

Después del secuestro, Fabrizio De André grabó un disco sobre esas vivencias, con una enorme empatía hacia sus captores. “Hotel Supramonte” es uno de sus temas más conocidos: “Gracias al cielo tengo una boca para beber / Y no es fácil / Gracias a ti tengo un barco para escribir / Tengo un tren que perder / Y una invitación al Hotel Supramonte”.

Columnas de tiempo

No sólo los restos nurágicos permiten remontarse hacia atrás. La Gruta de Neptuno, cerca de Capo Caccia, también en la costa oeste, es una boca que se abre en la roca baya y lleva, por un camino oscuro, a un templo de estalactitas y estalagmitas que, después de millones de años, se transformaron en columnas gordas de carbonato de calcio. Mientras la cabeza se llena de ceros para imaginar esa época, el guía dice que quizás el cerebro no está preparado para un tiempo tan lejano.

La gruta la descubrió un pescador en 1700. Un siglo después la visitó el rey de Cerdeña y del Piamonte, Carlos Alberto de Saboya, y al terminar la Segunda Guerra Mundial, se construyó una escalera –Escalera del Corzo– esculpida en la roca, con 654 escalones y más de cien metros de desnivel, para poder llegar a pie.

Nota histórica: desde 1324 existió el Reino de Cerdeña, dominado por la Corona de Aragón (por eso la influencia española y catalana en el oeste de la isla) y luego el reino de Cerdeña y Piamonte, que siguió hasta la unificación de Italia, en 1861.

Recorremos los 500 metros de penumbra con un guía y un grupo reducido de turistas. La humedad es brutal, se ven parches de musgo en las paredes y una placa de mármol recuerda la visita, en 1841, del rey Carlos Alberto, que también disfrutó de un concierto aquí dentro. Quizás las colonias de pipistrelli (murciélagos) que vivían en la gruta escucharon los sonidos clásicos.

Nos quedamos mudos frente a las columnas que se formaron por el goteo de la estalactita sobre la estalagmita: un centímetro cada cien años. La que tenemos enfrente tardó seis o siete millones de años en completarse.

–En un mundo tan veloz, la naturaleza se toma su tiempo para hacer cosas bellas –dice el guía antes de despedirse.

Mientras avanzamos en auto por rutas montañosas, de curvas y contracurvas –mucho más verde y vacía en el sur que en el norte–, pienso en los trazos de la historia como en esas marcas con lápiz negro en la pared para constatar el crecimiento de un niño. En Cerdeña abundan las marcas del tiempo.

Un ejemplo más es el yacimiento arqueológico de Tharros, cercano a la laguna de Cabras y al pueblo del mismo nombre. Fundado por los fenicios sobre un asentamiento nurágico, fue conquistado más tarde por los púnicos y los romanos, que construyeron templos, foros y termas.

El maestrale (mistral) nos echa, como a las garzas, que desde hace un rato no chapotean en las rocas de la orilla: deben de estar escondidas en las entrañas del humedal. Cuando desaparecen los últimos rayos de sol detrás de una torre defensiva, me siento lista para una pasta alla bottarga, un plato emblema de esta isla y, más aún, de este lugar.

La bottarga sarda es de la laguna de Cabras, pero ¿qué es? Huevas de muggine (lisa) saladas, prensadas y secadas al aire libre, artesanalmente. La bottarga es de color ámbar y se agrega al final, rallada o en rodajas finas. Da un sabor a frutos secos y a mar que probaré y repetiré durante el viaje. Hay quienes la llaman el “oro de Cabras” y también “el caviar del Mediterráneo”. Quizás sean los mismos que buscan conseguir la Denominación de Origen Protegido.

Rosmarino en flor

Anoto en la libreta lo que veo en el camino: matorrales de lavanda, tomillo, hinojo y romero silvestre –rosmarino, en italiano– y arbustos de mirto, que sirve para preparar un licor tradicional. La ruta se acerca al mar, que se ve turquesa, pegado a una franja de arena blanca. La Pelosa es una playa famosa por ese contraste. No es época de baños, pero sí de caminatas abrigadas con ese viento que empuja y que aprovechan al máximo los kitesurfistas. A lo lejos, donde termina la península, se ven las islas Piana, con otra torre defensiva, y Asinara, un parque nacional. En verano se habilitan cruces en ferry para pasar el día en las islas. La altura del Capo Falcone domina la zona. En el auto suena Tazende, una banda sarda de etno-rock que también le canta al viento.

Lo bueno del road trip: la libertad de explorar en auto, sin esperar conexiones de transporte público (poco frecuentes), y poder parar en cualquier momento a ver el mar, que ayer fue gris plomo entre los precipicios nacarados de Capo Caccia, hoy es turquesa y mañana a la tarde será de plata. Descansar la mirada en el horizonte, respirar el perfume de sal y algas.

Lo malo del road trip: 1) el precio del combustible, que ronda los dos euros (ojo, al cargar uno mismo es algo más barato); 2) el estacionamiento durante la temporada alta.

Cerdeña tiene fama por los quesos de oveja y de cabra –pecorino, casu marzu, casizolu, fiore sardo, biancospino, entre otros–; los culurgiones –pasta rellena de pecorino y menta–; los malloreddus –ñoquis de sémola y azafrán–; la fregula, pasta pequeña, parecida a la sopa de municiones que hacía mi mamá. Y también es conocida por el carasau, un pan plano, como una galleta fina y crocante que, una vez que se prueba, es difícil dejar de comer.

Una tarde en un bar de Bosa, una ciudad preciosa con casas de colores sobre el río Temo, a los pies del castillo de Malaspina, leo en una guía que existe un pueblo del pan, a unos kilómetros del sitio arqueológico de Barumini, el más importante de la isla. Se llama Villaurbana. De Oristano son unos 20 kilómetros. ¿Vamos? Sí, vamos, otra vez por la campiña sembrada de trigo, ondulada, salpicada con rocas graníticas y pecore pastando en calma, las del pecorino, el queso más parecido al nuestro, aunque sea de oveja y no de vaca.

En Villaurbana viven 1.600 personas, pero no se ve ni una. Todavía hay casas de piedra y muros de piedra. ¿Panaderías? La que hay no está abierta. ¿Y la Casa Museo del Pan? Está en proceso, dice una persona que se asoma detrás de una puerta y agrega que lo armarán este año para el Festival del Pan. Se supone que en una casa de este pueblo hay frascos con masa madre heredada, muy antigua, que aporta el crocante perfecto para los panes.

Caminamos por el pueblo mudo hasta que paro a sacar una foto de la bandera sarda. Me asomo por una puerta y adentro hay muchas banderas de las distintas regiones de la isla: Sassari, Nuoro, Oristano, Cagliari. Michela Murgia cuenta en el libro que existen regiones que no quedaron en el mapa actual de la isla, pero sobreviven culturalmente, como la Barbagia, en el centro. La Barbagia es una forma mentis porque, aunque sus confines geográficos sean discutibles, hay una cultura reconocible de resistencia y una belleza silenciosa que tiene que ver con que durante siglos fue una región aún más aislada. Orgosolo, el pueblo donde se escondían los bandidos y hoy es la capital de los murales, queda en Barbagia.

Nos aborda un grupo de vecinos para contar que están creando el Museo de las Banderas, y un hombre de traje y bigote, que parece el presidente de algo, resume la historia de los Cuatro Moros –uno en cada cuadrante de la bandera blanca con la cruz roja de San Jorge–: en el siglo XIII, la Corona de Aragón conquistó Cerdeña y la bandera muestra el triunfo de los cristianos sobre los moros, con una venda en la frente. El presidente explica la bandera de cada región y, al final, nos lleva a su despacho para mostrarnos un retrato suyo y otro de su mamma. Por momentos tengo la sensación de que para los italianos todo empieza y termina en la mamma.

¿Perón era sardo?

Domingo por la mañana en Oristano. Después de varios días nublados, sale el sol y esa luz y esa tibieza son la gloria. Una vuelta por el pueblo grande, de trazado antiguo, con iglesia de cúpula cubierta con tejas de cerámica, como muchas, y museos. Antes del ristretto encuentro un mercado de pulgas que se está armando frente al edificio municipal, en la plaza Eleonora.

Hay chucherías de casas grandes que se achican, arañas con caireles, llaves que parecen de un castillo, libros viejos de historias de la isla, óleos, cafeteras Bialetti de los años 60 y máscaras de madera y de cerámica de carnavales de antaño. Además de antigüedades de uso cotidiano, en la feria hay personajes: los que atienden y los que chusmean, en general personas que van a pasear como si fueran a reencontrarse con su pasado.

Roger Emmi está vestido con traje azul, corbata roja y zapatos de un marrón rojizo. Parece un león con tanto pelo y barba, a pesar de haber cumplido 80 años. Cuando escucha que soy de Argentina, me mira fijo.

–De la tierra de Perón.

Enseguida suelta la leyenda sarda que dice que Perón habría nacido en Mamoiada, en el centro de la isla, en 1909, bajo el nombre de Giovanni Piras, que luego cambió por Perón. Hubo un libro, publicado a principios de este siglo, que causó revuelo, pero otro refutó esa teoría con pruebas. Perón nació en Lobos en 1895; sin embargo, su bisabuelo llegó a la Argentina en 1831 con un pasaporte del reino de Cerdeña, aunque él no era sardo. Algunos no se conformaron con las pruebas y siguen creyendo en ese origen. Por las dudas, en Mamoiada hay un restaurante que se llama Sa Rosada, en sardo, “La Rosada”, al que llegan peronistas a rendir homenaje. Cuando termina de contar, Roger concluye, lapidario:

–Perón no era sardo.

El león no deja de hablar; le encanta la historia y la etimología de las palabras. Cuando le digo adiós, responde con el origen medieval de la expresión, y una palabra lleva a otra y es difícil lograr que corte. En la feria dicen que va todos los domingos y cuenta historias a quien tenga delante, y que es un volcán de sabiduría.

Sigue el viaje hacia Cagliari, la capital del antiguo reino de Cerdeña. Luego, la isla: una ciudad portuaria, animada, con jóvenes que van a estudiar en la Universidad de Cagliari –fundada en 1607– y que, por las noches, llenan las calles de Castello, el centro histórico, y principalmente del corso Vittorio Emmanuele, donde están los bares y restaurantes. Desde la terraza Umberto I, en el Bastión de San Remy, está la mejor vista de la ciudad asentada en las colinas, del puerto y de la Bahía de los Ángeles. También llego a ver la Basílica de Bonaria, en la que Pedro de Mendoza se habría inspirado para nombrar a Buenos Aires.

Un artista callejero toca “Centro de gravedad permanente”, de Franco Battiato, el músico que aman los italianos, y la tarde se va yendo.

La última pista que me dieron antes de viajar, y que paso a transmitirla en este párrafo breve después de comprobar su valor. “No dejes de probar las seadas”, me dijeron. Es un postre que también podría ser un desayuno o una merienda. Una masa frita, fina y crocante; interior de ricota fresca con toques de cascarita de naranja; y luego otra masa fina y crocante cubierta con hilos de miel. En Cagliari abrió un sitio dedicado sólo a seadas, las más deseadas, con un menú de mieles –multifloral, de naranjo, de cardo, de lavanda– para personalizar el topping.

De Cagliari se puede volver al continente en ferry o remontar la SS125, una carretera estrecha, anterior a la autopista, que sigue la costa con vistas magníficas y tantísimas curvas y tramos de cornisa, playas y calas preciosas, como Arbatax y Cala Gonone. La SS125 continúa como una flecha hacia el norte: cruza el paso de montaña de Gennargentu –1.100 msnm– y la entrada al Parque Monte Lopene, después de pasar el pueblo histórico de Baunei. Puede suceder, como hoy, que baje la niebla y la escena se transforme en un paisaje fantasma y que, con eso y todo, siga siendo hermoso. Aún blanco y sin vista al mar: el paisaje imaginado.

Otra vez en la rampa, a la espera de las indicaciones del operario del puerto para subir a la nave y viajar toda la noche de Olbia a Civitavecchia. Antes de zarpar pienso que tengo que volver, que esto es apenas una aproximación, y creo firmemente en eso que leí por ahí: La Sardegna una volta che ti entra nel cuore non ne esce più... (Una vez que Cerdeña entra en el corazón, no sale más).

Para saber másEl sardo

Es el idioma de la isla: lo habla la mayoría de los habitantes, es decir un millón y medio de personas. Un idioma romance arcaico que deriva del latín y tiene dialectos en varias zonas: en el sur, se habla campidanés y, en Sassari, sassarés. A pesar de que se escucha en la calle, en los mercados, sobre todo entre los adultos, hay un temor a que se pierda. Año a año, lo va reemplazando el italiano y disminuye la cantidad de hablantes. La Unesco lo clasificó como lengua “en grave peligro de extinción”.

Nuraghe

¿Qué representan esas construcciones circulares? ¿Eran lugares de culto? ¿Defensivos? ¿Observatorios? ¿Graneros? ¿Mausoleos? Las hipótesis se suceden y los restos se atesoran en el Centro Giovanni Lilliu, en Barumini, y el Museo Arqueológico Nacional de Cagliari. Las nuraghe forman parte del paisaje, junto con la flora, la fauna y el mar. De las 8.000 relevadas, pocas han sido excavadas, pero, de a poco, las están poniendo en valor. La cultura nurágica desarrolló una metalurgia relativamente avanzada. Su pueblo alcanzó fama en muchos lugares del Mediterráneo por el bronce que producía. El complejo nurágico más importante es Su Nuraxi de Barumini, declarado Patrimonio de la Humanidad.

Leonor de Arborea

Leonor fue jueza de Arborea desde el año 1383 hasta su muerte en 1404, autora de la Carta de Logu, un código legal del Judicato de Arborea, escrito en sardo y promulgado por ella en 1392. Estuvo vigente en Cerdeña hasta que fue derogado por el código del rey Carlos Félix en abril de 1827. La Carta fue una obra de gran importancia en la historia de Cerdeña y en la historia jurídica europea en su conjunto. Se trataba de una legislación orgánica, coherente y sistemática que abarcaba el derecho civil y penal. Se desconoce la historia de su redacción, pero la Carta en sí misma ofrece una excelente perspectiva de la situación etnológica y lingüística de la Cerdeña medieval y es considerada uno de los primeros ejemplos de constitución en el mundo.

Datos útiles

Para los que se animen a un recorrido en auto por la isla es útil elegir algunos lugares desde donde hacer base y desde ahí recorrer. Las paradas de este viaje fueron Alghero, Oristano y Cagliari.

Cómo llegar

Las formas más frecuentes de llegar a Cerdeña son por avión a Cagliari, la capital, en el sur, o a Olbia, en el extremo norte. También hay vuelos a Alghero. De Roma a Cagliari, desde € 100. Por ser una zona más turística, en la costa Esmeralda, el vuelo a Olbia cuesta algo más. La otra opción es viajar en barco durante toda la noche. Las empresas que realizan ese trayecto son: Tirrenia (grupo Moby), Grimaldi y GNV. El viaje cuesta desde € 170 ida y vuelta en butaca; el camarote, alrededor de € 80 más. www.en.tirrenia.it;www.gnv.it; www.grimaldi-lines.com

ALGHERODónde dormirHotel La Margherita Via Sassari 70. + 39 079 979006. Un hotel de antes con cuartos amplios y luminosos, cerca del centro y de la costanera. Tiene pileta y spa. Desde € 80 la habitación doble.Dónde comerFoccaceria Milesi Via Giuseppe Garibaldi 11. + 39 079 952 419. Visto de afuera es un buen café frente al puerto de Alghero, pero es mucho más: el templo de la focaccia rellena (rippiena) al que llegan muchos a probar ahí o llevar para picnic. Deliciosas, grandes y preparadas en el momento La focaccia contadini (campesina) tiene relleno de la huerta y la de la casa, Milesi, boquerones, queso, cebolla marinada, atún, tomate y huevo. Además, baratísimas: menos de € 5.La Nuvola Ruta provincial 55, Alghero. + 39 079 946 533. Cerca de Capo Cacia y la Gruta de Neptuno, un restaurante con ambiente campestre y afamados spaghetti alle vongole o granchio (con cangrejo) y pulpo a la catalana. Entre € 15 y € 20 por persona.Al Vecchio mulino Don Deroma 3. + 39 079 977 254. Trattoria familiar en las calles del casco antiguo. Con techos abovedados y una mujer al mando, atenta a lo que uno pide, y también es la que trae y sirve los platos. Imperdibles: culurgiones rellenos de menta y ricota, y con manteca de salvia. Alrededor de € 25 por persona.Paseos y excursionesBasílica Santa Trinidad de Saccargia Ruta SS597, en el desvío a Codrongianos. Basalto y piedra caliza, gris oscuro y blanco, los colores de este conjunto religioso del románico toscano –siglo XII– que aparece como un hito en medio de la ruta, a unos veinte kilómetros de Olbia. Imperdibles: las columnas con vacas.Gruta de Neptuno Capo Caccia. Recorrido subterráneo espectacular para descubrir una gruta misteriosa que guarda columnas hechas de carbonato de calcio y millones de años. Todos los días, de 9 a 19. Entrada: € 18.Barumini Viale Su Nuraxi. + 39 070 936 8128. Patrimonio mundial por la Unesco desde 1997, el sitio nurágico de Barumini es el más importante de la isla. Muestra tres torres defensivas circulares como conos truncados. Gran vestigio de la Edad de Bronce. € 18. Incluye la visita guiada de las ruinas, el museo de Casa Zapata y el Centro Giovanni Lilliu, en homenaje al arqueólogo que dedicó su vida a investigar esta civilización.Bodega Sella & Mosca I Piani 07041. Es una de las bodegas históricas del país. Ofrece degustaciones guiadas (€ 45) de sus principales vinos, visitas y la posibilidad de hospedarse en la Casa Villamarina, entre las más de 600 hectáreas de viñedos, pinos marítimos y palmeras. La habitación con desayuno, desde € 150.ORISTANODónde dormirMariano IV Palace Hotel Piazza Mariano 50. + 39 078 3360101. Bien ubicado a dos o tres cuadras del centro es un hotel de antes bien aggiornado. Muy buen desayuno. Dobles, desde € 105.Dónde comerCraf da Banana Via de Castro 34. + 39 078 370 669. Cocina típica sarda con ingredientes frescos y locales comprados a los productores confeccionan la carta según la estación. En época de carcioffi (alcauciles), por ejemplo, hay un menú degustación elaborado con ese ingrediente. No es económico pero es un lugar especial con techos bajos y decorado con fotos antiguas y obras de arte. Gran carta de vinos y muy buen servicio. Alrededor de € 45 por persona.CAGLIARIDónde dormirHotel Flora Via Sassari 45. + 39 070 658 219. Cerca del puerto y, a la vez, del centro histórico y de la zona de restaurantes. Las habitaciones son cómodas y tiene un buen restaurante también. Dobles, desde € 150.Il borgo dell’Arcangelo Via Amsicora 10, Tuili. La familia Lugas ofrece una hospitalidad principesca en esta hermosa casa de campo del siglo XVIII, situada en el encantador pueblo de Tuili. A tan solo 64 kilómetros al norte de Cagliari, goza de una ubicación ideal para realizar excursiones y contemplar los caballos salvajes de la meseta de Giara y diversos yacimientos arqueológicos, incluidas las impresionantes torres de la Edad del Bronce de Su Nuraxi. Desde €140 la doble.Cortis Antigas Via Fra Nicola 26, Gesturi. Esta casa adosada del siglo XIX, ahora un B&B de cuatro habitaciones, irradia toda la calidez de un hogar familiar rústico, pero elegante. El propietario y arqueólogo Ignazio Mura ha restaurado minuciosamente el lugar, conservando su esencia mediante el uso de métodos y materiales tradicionales, techos de caña y vigas de madera, aislamiento de piel de oveja y corcho, y paredes de piedra a la vista.Dónde comerVita Nova Cucina e Dolci Via Sassari 56. + 39 070 467 2817. Cocina a la vista, de mercado, con la interpretación de Laura Sechi, la chef y pastelera que incorpora la sabiduría de las mujeres de su familia en la cocina. Pastas frescas rellenas o tagliatelle con mariscos. La pastelería, una obra de arte. Con una copa de vino, alrededor de € 40 por persona.Taverna Bonòra Via Sassari 52. + 39 380 232 3203. Platos variados, tradicionales sardos, como los culurgiones, con productos frescos y un toque de vanguardia. Pescados del día grillados, albóndigas y mariscos y un tartare de salmón exquisito. Alrededor de € 30 por persona.Saseada Via Porto Scalas 25. + 39 070 467 0054. Seadas de sémola sarda rellenas con queso pecorino o ricota de vaca con cascarita de naranja. Las seadas cuestan € 6 y no son pequeñas.Paseos y excursionesMuseo Arqueológico Nacional de Cagliari Piazza Arsenale 1. + 39 070 655911. www.museinazionalicagliari.cultura.gov.it Gran lugar para adentrarse en las raíces arqueológicas y arquitectónicas de los pueblos que habitaron esta isla. La entrada incluye la visita a la pinacoteca. Lunes a domingos, de 8.30 a 19.30. € 10.Museo Cívico Giovanni Marongiu Via Tharros, Cabras. + 39 083 290636. La entrada incluye la visita guiada, que es excelente y recorre los distintos periodos históricos de la zona. El momento más esperado es la sala donde están los Gigantes del Monte Prama, descubiertos en 1974, el gran hallazgo del Mediterráneo de los últimos tiempos. Son esculturas de boxeadores, arqueros y guerreros de piedra caliza que miden más de dos metros de altura, y habrían pertenecido a la civilización nurágica. Lunes a domingo, de 10 a 19. Entrada: € 18 (incluye la visita del sitio arqueológico Tharros).Sitio Arqueológico Tharros SP 6, San Giovanni di Sinnis. + 39 078 370019. Es impactante recorrer este yacimiento, en la península de Sinis, frente al Mediterráneo, que fue nurágico, fenicio y romano. Se caminará entre restos de casas –domus–, templos y fortificaciones. € 18 (incluye el Museo Cívico de Cabras).TORTOLIDónde comerMario Miele Via Tirso 4. + 39 379 279 4010. Gran trattoria para comer pasta, pescados frescos a la planca y mariscos, a unos pocos kilómetros de la península de Arbatax, en la costa este. Recomendado: tagliatelle alla bottarga. Alrededor de € 30 por persona.OLIENADónde dormirSu Gologone Los padres de Giovanna, Pasqua y Peppedu Palimodde transformaron, en los años 70, una vieja fábrica de gaseosas en un restaurante referente de la cocina local. Con los años, ella lo convirtió en un pequeño resort de exquisito gusto, con 65 habitaciones, donde el color contrasta con la naturaleza en un parque de 10 hectáreas. Desde € 275 la doble.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/la-isla-del-mediterraneo-que-reune-playas-preciosas-buena-mesa-y-una-historia-misteriosa-por-nid31052026/

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