Generales Escuchar artículo

Mercedes Morán: la perturbadora serie de Netflix en la que habla con los muertos, la carrera que nunca estudió y su debut como escritora

Cuando a Mercedes Morán le propusieron protagonizar Mis muertos tristes, que se estrena en Netflix el 24 de septiembre, pensó que era una historia perturbadora pero también necesaria, y muy inte...

Cuando a Mercedes Morán le propusieron protagonizar Mis muertos tristes, que se estrena en Netflix el 24 de septiembre, pensó que era una historia perturbadora pero también necesaria, y muy interesante, porque nunca antes había hecho un personaje parecido.

Esta serie de cuatro capítulos dirigida por el chileno Pablo Larraín que competirá en la en la próxima edición del Festival de San Sebastián en la sección oficial en el formato de película de 187 minutos, también le sirvió para reflexionar sobre la vida, la muerte y los vínculos. En una charla íntima con LA NACION, Mercedes Morán revela que ahora siente más curiosidad que miedo por la muerte y dice que no le quedaron charlas pendientes con sus seres queridos que ya no están. También cuenta cómo su libro Madre mía la ayudó a terminar de resolver cuestiones con su madre, y recuerda sus comienzos, cuando abandonó la carrera de Sociología y la curiosidad la llevó a un estudio de actuación.

-¿Qué te interesó de Mis muertos tristes?

-Ya había trabajado en Neruda con el director, Pablo Larraín, y me interesó también que sea una historia sobre cuentos de Mariana Enríquez, porque la admiro mucho y me encanta su literatura. Así que sin siquiera leer nada dije que sí. Después me encontré con la adaptación de los cuatro cuentos de Mariana que son Mis muertos tristes, Cuando hablábamos con los muertos, Julie y Un lugar soleado para gente sombría. Había leído uno de esos cuentos y quedé fascinada, sin saber que el destino me iba a llevar a poder interpretar ese personaje. Estoy muy feliz, además porque la experiencia del rodaje fue una fiesta y se armó un grupo muy unido, muy alegre, donde tuvimos que, de alguna manera, inventar un lenguaje para contar esto que no era sencillo.

-¿Y cómo es ese lenguaje inventado?

-Particular, íntimo. Todas las dificultades que se presentaban me resultaban atractivas, porque la serie, de cuatro episodios, no se puede encuadrar en un género en particular. Hay fantástica, hay temas sociales en los que Mariana profundiza en su literatura, y está la mirada de Pablo. Me encanta que una plataforma como Netflix, para la que ya he trabajado otras veces, se haya interesado y haya apostado a esta propuesta que creo yo, no es muy masiva, pero que reflexiona sobre algo que me interesa en este momento.

-¿Y qué es eso que te interesa?

-Es muy difícil simplificarlo pero, por decirlo de alguna manera, en la serie los muertos vienen a hacerse escuchar, a pedir por la memoria, para que no olvidemos. Y me interesa también el tema social. Además, me pareció hermosa porque no se puede decir cuándo ocurre, si es un futuro cercano. Y como casi toda la buena literatura, es muy anticipatoria. Cuando la hicimos, todavía no había ocurrido el caso este de las tres chiquitas asesinadas en Florencia Varela. Cuando pasó eso, me comuniqué con Pablo, que estaba en Chile, y me decía que le ha sucedido algunas veces, que la ficción anticipa la realidad y nos da la posibilidad de poder reflexionar y hacer algo. Por otra parte, grabamos en el barrio Piedrabuena, que yo no conocía, y me asombró que la arquitectura del lugar fuera el espacio ideal para contar esta historia. Los interiores los hicimos en Santiago, porque es una coproducción con Chile. Ema, mi personaje, es una mujer que tiene el don de ver y escuchar a los muertos. Es un don que padece porque ha intervenido toda su vida desde su infancia, y en sus vínculos con su familia. Está, además, atravesando un duelo muy particular, porque si bien su madre acaba de morir, va a seguir con ella, de alguna manera. Y va a tener que hacerse cargo de ese fantasma.

-La serie atraviesa también los vínculos familiares. ¿Cómo los transitaste desde tu experiencia?

-Su vínculo con la hija (Dolores Fonzi) es muy disfuncional, porque aceptar a una madre siempre es difícil, y en este caso es una madre tan particular. Es una mujer que tiene un carácter forjado por este don, lo cual hace que no tenga miedo, ni culpas, ni ninguna intención de sobreadaptarse a nada. Su vínculo con los muertos le resulta más familiar y más relajado que el que tiene con los vivos. Entonces, hay varias cosas. Había que resolver como personaje. Nunca había interpretado nada parecido y me resultó muy atractivo, muy interesante de hacerlo.

-¿Tenés puntos de conexión con Ema?

-No, no tengo. Pero reflexionando mucho, pensaba que si decimos que creemos en lo sobrenatural, los demás nos miran como si estuviéramos locos. Sin embargo, podemos creer en Dios, en los ángeles, en el cielo y en el infierno, y nadie piensa que estamos locos por eso. El miedo no es a los muertos, sino a la muerte, me parece. En la historia estas tres mujeres, mi hija, mi hermana y yo, en algún momento piden perdón a alguien, y algunas de esas personas están muertas. A todos nos ha pasado que se ha ido algún ser querido con el que no hicimos a tiempo de hablar un tema o pedir perdón o lo que fuera, y es bonita la posibilidad de pensar que hay alguna oportunidad de hablar esas cosas pendientes después que se hayan muerto.

-¿A vos te quedaron charlas pendientes con seres queridos?

-No. Yo pude hablar. En el caso de mis padres, fueron muy longevos, tuvieron una sobrevida muy larga y me hice cargo de ellos, así que tuve muchas oportunidades de hablar muchas cosas. Pero no siempre sucede así. De verdad el personaje es muy atractivo, muy especial. No creo que se repita en mis trabajos un personaje de estas características. Y se profundiza en los vínculos. La muerte de la madre, en general, es una bomba en cada familia y pone en evidencia los problemas con los hermanos y con el resto de la familia. Eso te obliga a confrontar una cantidad de cosas. En esta ficción, es la muerte de la madre de una mujer que tiene este don, con lo cual se vuelve todo más intrincado. Creo que la serie tiene varias lecturas y eso es lo que me gusta.

-¿Y qué otras cosas te atrajeron de este trabajo?

-Hay dos características que tiene y que me encantan como espectadora. Una de ellas es que si pongo pausa en cualquier momento de la serie y estoy mirándola con alguien y le pregunto cómo cree que va a seguir, nadie puede contestar. No se tiene idea. No es previsible. Y es muy perturbadora y eso también me gusta porque es una manera de valorar la capacidad del espectador. No hay que explicar todo. No siempre hay que hacer algo entretenido y fácil solo para que pase el tiempo. En Mis muertos tristes esa mezcla de terror social nos perturba. Y entre otras cosas, se habla de ese límite entre la vida y la muerte.

-¿Qué te provoca la idea de la muerte?

-Personalmente, ante la idea de la muerte siempre me debato entre el miedo y la curiosidad. Y haber hecho esta serie me hace sentir más curiosidad que miedo, lo cual agradezco mucho.

-Este año editaste el libro Madre mía en el que hablás de tus vínculos familiares, ¿por qué elegiste ese tema?

-Siempre escribí, pero como una forma de reflexionar y no para mostrar. Editorial Planeta me convocó después de hacer el unipersonal Ay amor divino, en 2016, donde hablaba de los distintos tipos de amor que me atravesaron en mi vida, y uno de ellos era el de mi madre. Me ofrecieron escribir un libro y dije que no porque nunca tuve intenciones de publicar nada. Pasó el tiempo, en ese lapso se murió mi madre y eso me puso en otro lugar, y pude mirarla desde otro punto de vista. Después, por motivos personales, decidí parar de trabajar un tiempo porque venía haciéndolo de una manera ininterrumpida. Y ahí me volvieron a llamar de la editorial y pensé que era un buen momento, porque iba a estar sin hacer otras cosas y sentí que podía reflexionar escribiendo sobre lo que me había sucedido. La editorial me ofreció que lo trabajara con mi hija, que es escritora, Manuela Martínez, y fue preciosa la experiencia; muy enriquecedora. Se me revelaron más cosas. Pensé que ya tenía bastante superado el tema con mi madre y con la escritura creo que lo terminé de resolver. La experiencia de haberlo escrito fue muy buena y todo lo que vino después fue increíble. Lo vivo como una yapa hermosa. Me dicen que el libro resulta una buena compañía para la gente que lo lee, y como lectora me gustan los libros que me hacen compañía, así que estoy contenta.

-¿Tenés ganas de seguir escribiendo?

-Por el momento no.

-Pero vas a seguir actuando. ¿Qué se viene?

-Estamos ensayando una obra con Ana Katz, algo experimental, porque son funciones filmadas que haríamos en noviembre. Y tengo dos películas para el año que viene. El tiempo de llevar a cabo una película siempre ha sido largo y ahora más que nunca, y no muy seguro. Pero sí, tengo proyectos por delante que me entusiasman.

-Cuando descubriste que te interesaba la actuación estabas estudiando Sociología y tuviste que interrumpir. ¿Cómo fue?

-Estábamos en dictadura y dejé Sociología porque vaciaron de contenido la carrera. Estaba embarazada de mi primera hija (Mey Scapola), tenía 19 años, ya me había independizado, trabajaba, estudiaba. Y quedé en banda en el medio del quilombo del país, embarazada, sin la carrera con la que había soñado. Entonces me metí en un estudio de teatro por casualidad y ahí descubrí mi vocación.

-¿No sos de las actrices que se subían al escenario en todos los actos escolares?

-No, además sufría de una timidez casi patológica. Y yo creía que una de las condiciones seguras para ser actriz era ser muy expresiva. Pero no tenía que ver con eso ni con la intuición; era algo que se podía estudiar, que se podía aprender. Con mi primer maestro, que fue Lito Cruz, entendí que muchas de mis obsesiones eran condiciones para ser actriz. Por ejemplo, observar el comportamiento humano me fascinaba, y mi madre siempre me retaba porque me gustaba ver a la gente cuando no se sabía mirada. Ahí empecé.

-¿Y profesionalmente, cuál fue tu primera oportunidad?

-María Herminia Avellaneda fue al estudio a buscar alumnos para que hiciéramos de extras en un especial protagonizado por Carlitos Perciavalle que ella hacía en Canal 7, en el viejo ATC. Nos eligió a dos compañeros y a mí. Y sucedió que en la grabación estábamos en la mesa de los parroquianos, hubo un accidente, una botella que se derramó, y yo agarré un trapo y limpié. Algo vio María Herminia en mí. En esa época no existían los castings, sino que te daban un pequeño papelito y esa era la prueba. Me llamó para un pequeño personaje en otro especial de Susana Rinaldi y después me convocó para Rosa de lejos, con un personaje con continuidad. Yo hacía de la novia mala y rica del hijo de Rosa. Y fue una novela de un éxito brutal. Casi sin querer empecé una pequeña carrerita en la tele, en una época donde los estudios de actuación estaban muy peleados con la televisión porque el prestigio era el teatro. Entonces yo, obedeciendo un poco a eso, armé mi primer espectáculo en el Teatro Payró, Los efectos de los rayos gamma sobre las caléndulas. Y fue un éxito increíble. Fueron a verla muchos directores y empezaron a llamarme y nunca paré de trabajar. Hice mucho teatro y televisión, primero. El cine no llegó tan tempranamente. Después de Gasoleros filmé La Ciénaga, también desobedeciendo consejos, porque luego del éxito de Gasoleros hice una película independiente. Siempre seguí mucho mi intuición.

-¿Alguna vez terminaste la carrera de Sociología?

-No, no terminé. Pero encontré muchos puntos en común de lo que me gustaba de la Sociología en la actuación. Así que, no. Y descubrí mi verdadera vocación.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/personajes/mercedes-moran-la-perturbadora-serie-de-netflix-en-la-que-habla-con-los-muertos-la-carrera-que-nunca-nid15092026/

Comentarios
Volver arriba