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Morosidad: el bosque detrás del árbol

Ricardo Sidicaro, el gran sociólogo argentino fallecido el año pasado, nos enseñó durante muchos años a no caer en la tentación de la indignación -más allá de las causas reales para ello- ...

Ricardo Sidicaro, el gran sociólogo argentino fallecido el año pasado, nos enseñó durante muchos años a no caer en la tentación de la indignación -más allá de las causas reales para ello- e intentar formular buenas preguntas, aunque nos incomoden.

Recordé esta lección estos días, en medio del intenso debate sobre la morosidad de las deudas de los hogares. La mirada sociológica no absuelve a las empresas ni relativiza las consecuencias del endeudamiento sobre la vida de la gente. Pero sí propone correr, aunque sea por un momento, la indignación para hacer una pregunta diferente: ¿qué procesos de más largo plazo hicieron posible que una fintech ocupe hoy un lugar central en la economía cotidiana de los argentinos?

Van cinco puntos para pensarlo.

1. El crédito nunca fue igualitario. La estratificación del mercado crediticio no nació con las fintech. Hace décadas que la literatura muestra cómo el acceso al crédito -sus montos, plazos y costos- se distribuye de manera desigual según ingresos, patrimonio y estabilidad laboral.

Las billeteras virtuales no inventaron esa desigualdad: la reorganiza, le cambia la escala y la velocidad. La pregunta no es si el crédito discrimina, sino qué nuevas formas de diferenciación produce esta infraestructura sobre una estructura que ya era desigual.

Y de ahí se desprende una pregunta política que el debate suele eludir: ¿cuál es la agenda para reformar un mercado de crédito estructuralmente desigual? Era desigual antes del “boom” de las apps financieras y, si la discusión no va más allá de una empresa, lo seguirá siendo después.

2. Antes de juzgar, hay que entender qué problema resuelve.

Las plataformas ofrecen servicios financieros en lugares y momentos donde la banca tradicional no llegaba, o no lo hacía de la misma manera. Hay preguntas de orden organizacional que quedan ocultas: ¿qué obstáculos de acceso al sistema financiero está sorteando? ¿Para quién?

Que una empresa resuelva un problema no la exime de responsabilidad por sus efectos. Pero la pregunta sociológica es previa al veredicto.

Y esa pregunta tiene una contracara política: ¿por qué las apps pudieron crecer justamente en territorios y sectores que funcionaban como un desierto organizativo de la banca tradicional? Si el Estado y el sistema financiero regulado dejaron ese vacío, la discusión no puede terminar en la fintech que lo ocupó.

3. La deuda llegó antes que la app.

Este es, quizás, el punto que más cuesta aceptar en el debate público: la expansión de las billeteras virtuales debe leerse en relación con la caída de los ingresos de los hogares y la fragilidad de otras protecciones sociales, un deterioro que comenzó mucho antes de que las plataformas se convirtieran en un proveedor masivo de crédito.

Esto invierte la causalidad que domina la discusión pública. No es que apareció una oferta de crédito y la gente se endeudó porque estaba disponible. Es que esa oferta se expandió sobre una sociedad que ya venía perdiendo ingresos y que ya había aprendido a endeudarse para sostener lo cotidiano.

A esas prácticas las llamé, en otro trabajo, deudas de sacrificio: deudas que empiezan como amortiguador frente a la pérdida de ingresos y que, con el tiempo, dejan de ser un recurso extraordinario para convertirse en un rasgo estructural de la reproducción social.

Las billeteras virtuales no aparecieron en una sociedad que vivía sin deuda. Apareció en una sociedad donde endeudarse ya era, para muchos hogares, una forma de llegar a fin de mes.

Si las deudas de sacrificio son un rasgo estructural y no una anomalía, la pregunta política es ineludible: ¿cómo se rediseñan la protección social y los derechos laborales y previsionales para que los hogares dejen de necesitar endeudarse para reproducir su vida cotidiana? Mientras esa pregunta no se responda, cualquier regulación sobre el crédito llegará tarde.

4. Lo que ahora vemos, antes no se veía.

Hay una paradoja incómoda: podemos discutir hoy la morosidad de los hogares precisamente porque buena parte de esa deuda se formalizó y el Banco Central puede medirla. No es un detalle técnico.

Durante años, sectores enteros se financiaron por fuera del sistema formal: préstamos familiares, fiado del almacén, circuitos comunitarios. Deudas que no dejaban rastro estadístico. Cuando esas prácticas se formalizan, empiezan a contarse.

La formalización financiera no solo cambia cómo se endeudan los hogares: cambia también qué tan visible es ese endeudamiento. El problema social existía antes; lo que cambió es que ahora puede convertirse en problema público, entrar en la agenda de los medios y de la política.

La expansión del crédito formal puede estar asociada a más morosidad y, al mismo tiempo, hacer visible algo que ya estaba ahí, pero fuera del radar.

Y esa visibilidad tiene un límite que conviene no perder de vista: la deuda informal —la del almacén, la de la familia, la del prestamista de barrio— sigue teniendo un peso muy importante. La pregunta política aquí es la inversa a la anterior: ¿cómo se atiende esa deuda que ninguna estadística del Banco Central capta y que probablemente concentra a los hogares en peor situación?

5. Esto no se trata de una empresa: es una revolución que llegó para quedarse.

Más allá del ciclo político y de la atracción o rechazo que despierten, atravesamos una transformación profunda: una revolución en los medios de pago que está redefiniendo nuestra relación cotidiana con el dinero.

La digitalización de los pagos y las billeteras electrónicas forman parte de un proceso global que no depende de una empresa ni de una tecnología en particular, sino de una dinámica de innovación financiera que no parece destinada a detenerse.

Por eso, la discusión hoy corre el riesgo de quedarse corta. Podemos -debemos- discutir las prácticas comerciales de una empresa y sus efectos sobre la gente. Pero esa discusión no debería tapar la pregunta de fondo: ¿cómo queremos relacionarnos con esta revolución de los pagos digitales, que ya habilita ciertas prácticas, deshabilita otras y genera nuevas dependencias, pero también nuevas oportunidades?

Los procesos sociales que están detrás de esta transformación -junto con la caída de los ingresos, la desigualdad del crédito y la sedimentación de la deuda como forma de vida- tienen una duración mucho mayor que la de sus protagonistas de hoy.

Ahí empieza la sociología que Sidicaro nos enseñaba: en volver a mirar el bosque cuando el árbol ocupa todo nuestro campo de visión.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/morosidad-el-bosque-detras-del-arbol-nid13092026/

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