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Contaminación espacial: cómo el boom de satélites llena de basura la órbita y qué riesgos genera en la Tierra

Aunque suene curioso, el año pasado una lluvia de objetos cayó del cielo sobre la localidad de Armstrong, en la provincia de Santa Fe. Su forma tubular, recubierta de fibras metálicas de color g...

Aunque suene curioso, el año pasado una lluvia de objetos cayó del cielo sobre la localidad de Armstrong, en la provincia de Santa Fe. Su forma tubular, recubierta de fibras metálicas de color gris oscuro, les daba una apariencia similar a la de un tanque cubierto de pelo. En realidad, lo que cayó allí no era otra cosa que basura, solo que basura espacial, proveniente principalmente de dos fuentes: cohetes y satélites.

Pero el caso de Armstrong no fue la única localidad argentina en el que cayeron restos espaciales en 2025. En Puerto Tirol, Chaco, también descendió un enorme tanque de combustible, que, vale aclarar, es uno de los residuos espaciales que más frecuentemente regresan a la Tierra. En general, el Centro de Identificación Aeroespacial de las Fuerzas Armadas se encarga de recuperar estos objetos, ya que pueden contener partículas radiactivas.

De acuerdo con Juan Cruz Allonca, director del proyecto Monitoreo de Impactos y Reingresos Atmosféricos (MIRA) del Centro Interdisciplinario de Estudios Espaciales (CIEE), en los últimos cinco años reingresaron a América Latina más objetos espaciales que en los 15 años previos combinados.

Junto con su equipo −que trabaja en conjunto con la Universidad Nacional de La Plata y la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (Conae)− desarrollaron una base de monitoreo dedicada a seguir este tipo de fenómenos. Y la razón de ese aumento es clara: cada vez hay más artefactos orbitando la Tierra.

Si se observa el mapa compilado por el proyecto MIRA, el espacio cercano está lejos de encontrarse vacío. El relevamiento contabiliza 34.004 objetos orbitando el planeta, con un peso estimado de 16.200 toneladas −el equivalente a una Torre Eiffel y media−. No todos son satélites, aunque aproximadamente la mitad sí lo son.

Actualmente hay unos 15.200 satélites en funcionamiento: nueve veces más que hace apenas una década. Y, de acuerdo con el especialista, más de la mitad −10.413, según el astrónomo Jonathan McDowell− pertenecen a SpaceX, la compañía de Elon Musk. El escenario a futuro, además, es de crecimiento exponencial.

Basura Espacial

Según un artículo publicado a fines del año pasado en la revista Nature, para el final de la década de 2030 podría haber 500.000 satélites artificiales en órbita. De hecho, las propias compañías −como SpaceX, Amazon o las firmas chinas Qianfan y GuoWang− llaman “constelaciones” a sus flotas orbitales.

“Cada vez se lanzan más objetos al espacio porque aumentan las empresas involucradas y se desarrolla nueva tecnología. Como consecuencia, también crece la cantidad de basura espacial”, explicó Cruz Allonca. El especialista agregó que la vida útil de un satélite suele oscilar entre los cinco y los 15 años y que, una vez finalizado ese período, muchos reingresan de forma controlada hacia el llamado “punto Nemo”, el lugar más remoto del planeta. Pero no se trata de un desierto terrestre, sino de un sitio específico en el océano Pacífico.

Se trata del punto más alejado de cualquier territorio continental o isla habitada. Los países más cercanos son Chile y la Argentina, a más de 2500 kilómetros. Está situado a una latitud similar a la de Santa Cruz, aunque mucho más hacia el oeste.

Según testimonios de navegantes que llegaron hasta allí y fueron citados por la revista The Atlantic, las aguas carecen de nutrientes, por lo que la actividad biológica es mínima y la visibilidad es excepcional. Una especie de desierto marino donde, a casi cuatro kilómetros bajo la superficie, descansan toneladas de basura espacial.

Sin embargo, a medida que aumenta la cantidad de satélites, esas caídas controladas podrían dejar de ser completamente efectivas. Para Allonca, una mayor cantidad de objetos no solo implica más residuos espaciales, sino también un incremento en la probabilidad de colisiones.

El especialista explicó que “las órbitas que usa la humanidad son dos: la órbita baja, que va desde los 200 hasta los 1200 kilómetros de altura, y la órbita geoestacionaria, ubicada a 36.000 kilómetros”. La más congestionada es la órbita baja, donde los satélites se desplazan a unos 27.000 kilómetros por hora y cualquier impacto implica la destrucción total del artefacto.

“Uno de los grandes temores entre quienes estudiamos esto es que se produzca el síndrome de Kessler”, agregó el director de Mira. Con eso se refiere a la posibilidad de que un satélite choque con otro, y ese con otro más, generando una reacción en cadena de destrucción orbital. De todos modos, eso no significa que debamos esperar una lluvia metálica capaz de aniquilar a la población mundial.

Lo que Allonca y su equipo consideran fundamental es que el tráfico espacial comience a regularse. Que existan normas internacionales destinadas a evitar colisiones y reducir riesgos. También, elaborar protocolos y fortalecer los sistemas de monitoreo. Cada vez más artículos científicos buscan comprender los impactos del incremento de satélites y lanzamientos sobre las capas altas de la atmósfera.

A diferencia de los meteoritos naturales, la basura espacial introduce materiales poco frecuentes en la naturaleza, como aleaciones de aluminio-litio y tierras raras. Un artículo publicado en febrero de este año sostuvo que, aunque todavía no se conocen con certeza todos los efectos químicos de la industria satelital, “la acumulación de estos metales y óxidos metálicos podría perturbar la química del ozono y alterar el balance radiactivo de la atmósfera”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/contaminacion-espacial-como-el-boom-de-satelites-llena-de-basura-la-orbita-y-que-riesgos-genera-en-nid11062026/

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